1

Siempre hay algo que te entra por los ojos. O por los oídos… A mí, lo de Samarcanda, con todas sus sílabas, se me metió dentro. Hay que decirlo despacio. Sa-mar-can-da. Suena a tormentas de arena. A manuscritos, sultanes, alfombras voladoras y a tipos aventureros que escapan por las ventanas de palacios increíbles. Será que de crío llevé a la chica de mis sueños (por entonces) a ver Aladdín.

‘Sa-mar-can-da’, me vuelvo a repetir ahora escribiendo esto y pasado ya el tiempo. Y me sigue sonando a viaje de leyenda. Aunque de Uzbekistán y de todas sus sorpresas me quede con Jiva. Me había propuesto no caer en el tópico de la ciudad de las mil y una noches, pero ya van dos veces… Lo es. Y uno lo descubre cuando, al atardecer, junto al Kalta Minor, ya no pasea casi nadie. Cuentan que quisieron construir un minarete tan grande que lo vieran durante todo el camino a Bujará. Se quedaron a medias, pero que bien empieza la historia. Suena muy a… Sa-mar-can-da.


2

Pero no. La ‘chimenea’ azul está en Jiva, la ciudad hipnótica. Esos colores brillantes hacen que uno se quede embobado mirando cada rincón de un lugar al que cuesta lo suyo llegar. Seguirás la ruta: vuelo de Madrid a Tashkent, viaje a Samarcanda con ida y vuelta a Shakhrisabz y largos caminos hasta Bujara y, sobre todo, Jiva. Coleccionando desiertos. Eso de seguir la ruta va con toda la intención porque el viaje a Uzbekistán siempre tendrá que ver con la Ruta de la Seda. Otra cosa que suena muy a lo mismo que todo lo demás. Leyenda. Algo que puede verse desde lo alto de Islam Khodja, a más de cincuenta metros de altura. Yo subí, casi poniendo las manos en los escalones empinados para ayudarme, detrás de un chino con una cámara enorme. Y allí pasé con él un rato, dale que te pego a la foto…


3

Sí, esto es desde abajo. Islam Khodja. Lo mejor es fijarse en el tamaño de las personitas. En eso y en la belleza colorida, en los contrastes de luz. En la gota de agua que supone este lugar en el mundo en mitad de la tierra seca. Madrasas, minaretes, murallas de adobe… Y también charlas en el desayuno con una pareja de profesores belgas o partidos de fútbol de críos en la explanada ante un edificio imponente cuando los autobuses ya se han marchado. Justo después de probar el Qiyma Zarafshon con una ensalada de tomate en el patio del Khorezm Art. La cena me salió por 12.300 soms. Poco más de tres euros y medio…


4

Pero hay ciudad más allá de la belleza y más allá de las murallas. Yo me escapé en ese fantástico momento en el que ya has visto todo lo que recomiendan. Al mercado, a ver vida más allá de la historia. Uno no conoce una ciudad si no ha visto sus mercados.



5 
 

Y queda la curiosidad de los gorros de piel. Porque fue julio y el termómetro no debía estar lejos de la temperatura de la fiebre. Tanto que ese mes es temporada baja porque hace demasiado calor. Comer melón era un remedio, pero era tan dulce que las moscas hacían cola ante tus labios. Esos días me acostumbré a sudar. Y a los amaneceres frescos en la azotea del Meros B&B, un gran lugar para descansar por poco dinero. Desde allí las vistas eran maravillosas. Y una mañana sucedió un milagro de esos que a uno le gusta decir que sólo un cántabro es capaz de lograr: un chaparrón en el desierto. Para que Jiva fuera aún más inolvidable.