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El viento azotaba fuerte mientras el cielo se oscurecía cada vez más, así que corrió al altillo en busca de su viejo ventilador, aquel que un día su papá le regalara para quitar las nubes en los días malos.

Manu se refugiaba en aquel desván de vida cuando necesitaba desconectarse del mundo por unas horas para abrazarlo desde otra perspectiva, sentirse ajena a todo para regresar un poco más mortal, un poco más mundana; quizá un poquito menos vulnerable pero sin que se notara demasiado.

Aquella tarde Manu encontró un ‘tesoro’ cuando buscaba su viejo ventilador. Tropezó con la bola de cristal que una Navidad la dejaran bajo el árbol con su nombre y una dedicatoria: “Siempre se puede un poco más…”. Sonrió recordando la de veces que agitó aquella pieza con energía por si así la nieve que se arremolinaba en su interior durara más tiempo.

Curiosamente era Navidad y Manu tomó consciencia de que debía reaccionar. Hoy cualquier sentimiento de nostalgia y de tristeza tienen que aceptarse y convivir, sacar sus encantos y sus descaros porque es Navidad, y Manu se imagina batiendo los días de Adviento para alterar la magia del calendario y colarse directamente en el pestañeo de la luces del árbol. Por cada parpadeo un deseo. ¿O no son días de exceso?

Descendió las escaleras repleta de sensaciones y con el propósito de no dejarse engullir por pensamientos erróneos, porque lo quisiera o no, hay un ‘no-se-qué’ que se airea para cada uno en Navidad.

Para Manu la Navidad era infancia, esa época del año donde se agolpan las tradiciones, donde se descuentan los días hasta la llegada de los Reyes Magos, expectantes de si el cartero habrá entregado la carta a tiempo o si, ellos que todo lo ven, sabrán que he sido lo suficientemente buena como para que no me traigan carbón.

Días de villancicos sin entonar, de vestirnos elegantes y que no falte nuestra complicidad con la suerte con la prenda roja o el oro en el cava. De una cena especial, la sopa de pescado de mamá que reconstituye el alma, el tintineo de la copas que viajan de brindis en brindis. Nochebuena de hogar y familia unida, de postales que se ensobraron con cariño y de correr hacia la puerta cada vez que suena el timbre porque habrá un nuevo abrazo que descorchar. Sobremesa de juegos, grandes y pequeños, todos juntos; el juego estrella, nuestro bingo; a los pequeños les faltan ojos para abarcar todos los números del cartón y los mayores cantan los números con su coletilla “el 15, la niña bonita… el 22, los patitos en el agua…”. Manu se arranca con una carcajada recordando los piques de algunos frente al afortunado que se adelantaba con la línea.

Y en estos pensamientos se enredaba Manu mientras colocaba su bola de cristal en el centro de la mesa y prendía una vela. Nunca escuchó a un niño manifestar que las Navidades no le gustaran. Sin embargo, con qué facilidad fluía de un adulto.

Manu había echado ganas a su atardecer, reanimó su corazón, miró a la Navidad con cierta distancia para distinguir la ilusión de los más pequeños y cómo se va transformando en esperanza con el paso de los años. De cómo fue ganando el fin de año su protagonismo para llenar otra lista de propósitos, que quizá no pueda rematar ni en una segunda vuelta, pero la realidad es que dejas de ser niño y haces recuento, recuento de cuanto dejaste a medias y empiezas a pensar que el tiempo como el año se escapa.

Por tercera vez tuvo que contar Manu los cubiertos que iba colocando en la mesa aunque ya no tenía que descubrir en la palma de su mano aquella caligrafía con el orden de los mismos, ni que el filo del cuchillo siempre debía mirar al plato. La Navidad también era la suma de ese recuerdo y la del hueco vacío que tocaba reemplazar con orgullo. Lotería. Sueños que no debemos castrar aunque a veces cueste perseguirlos. Dietas porque el turrón aprieta. Volver a casa. Atizar la chimenea. Bailar con la corbata de diadema y los pies descalzos. Alegría. Echar de menos. Paz. Hablar con las miradas. Amor. Navidad.

Todo estaba casi a punto, los últimos retoques en el espejo, su carmín… De fondo la carcajada de las más pequeñas, aún revoloteando por la casa, sin prisa en la mirada sólo por reír. Navidad e infancia… ¡Lo tenía todo!

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Mela Revuelta

Nací en otoño el año que el hombre pisó por primera vez la luna, en un continente donde la lluvia huele a tierra, donde crecen los baobas del Principito y donde el sol lo tiñe todo de naranja al atardecer. Mi fotografía es personal, recreo historias, busco capturar instantes que desabrochan algo dentro de mi y conectar con la esencia de lo que se encuentra al otro lado de la lente. Adoro el pulso de la vida, reunir, crear, proyectar, compartir… todo cuanto da sentido a nuestro espacio “la nave Q late…”. Me llamo Mela.