Junto a Luis, Manu rescató la espontaneidad y no es que ella no la tuviera sino que la vida se había vuelto tan encorsetada que Manu olvidó caminar descalza como a ella le gustaba y enseñarle el pecho al sol para llenarse de su calor. Adquirió la mala costumbre de posponer las dificultades para aparcar el ahora o aclimatarse a echar de menos, en lugar de hacerlo de más y de sentirse mal por decir no y engañarse en sus ‘síes’. Eso no la convertían en mejor persona. En la reconquista de su naturalidad pasó a ser la protagonista del cuento, sintiendo por y para ella.

Con Luis, Manu recuperó piel, aprendió a respirar por la planta de sus pies e impregnarse de cada gota de rocío mientras sobrevolaba con la palma de su mano las hierbas altas. Y entre esos pensamientos estaba cuando se le clavó un guijarro del sendero, porque Manu, ahora, olvidaba con frecuencia sus suelas en el porche y gitaneaba desde la primera luz del día hasta el ocaso. Atrás quedaban esas jornadas de pesadas mochilas, de caminar mirando al suelo o pendiente de su teléfono móvil.
Hace frío y de vuelta a casa, Manu se refugia en su larga chaqueta de lana y piensa en aquel cruce de caminos, el de las despedidas. Una vida soñando una vida perfecta, así de torpes somos los humanos, ciegos de mente para reconocer que la vida perfecta reside en el momento. Nos pensamos que lo sabemos todo y lo cierto es que no tenemos ni idea de nada. Resulta triste tener que sufrir una desgracia, atravesar una enfermedad, vivir un luto para llenar de te quieros una fotografía o dejar para fin de año la lista de propósitos, todo esto y más, para tomar conciencia que la vida se gasta y que deberíamos vivir cada lunes como si fuera el mejor día de la semana.
Manu no era una mujer pasiva que se dejara llevar y se aprovechara de las inercias ajenas… Ella necesitaba crear su propio espacio, sentir que su fuerza empujaba un poquito el mundo generando bienestar y que tenía las riendas.
Luis fue clave para encontrarse a sí misma, en él encontró un semejante pero sólo ella era responsable de su kilometraje y ella decidía ahora tomar las riendas de su vida. Luis coloreó muchos amaneceres a su lado pero nada tenían que ver con la sensación de empezar a respetar cada puesta de sol con sus propios ojos por no contar la de estrellas a las que asignaba nombres cada noche.
El frío era intenso y Manu aceleró el ritmo. Era tarde y aún tenía que sacar brillo a sus zapatos, no fuera a ser que los precisara al día siguiente. ¡Quién sabe!