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Tras 44 minutos de conversación fluida con su amiga Inés al teléfono, Manu silenció el móvil y aún absorta en la charla compartida se preparó un té. Necesitaba un poco de aire y allí, en su ‘búnker’ rural, tenía cuanto necesitaba.

Recordó con pereza sus días en la ciudad, afincada en un barrio bohemio con aquel sabor romántico que ella misma propiciaba, porque Manu era una soñadora empedernida. Manu vivió maravillosos momentos de compañía, adoraba sobre todo las meriendas que, lejos de arreglar el mundo, lo conquistaban con abrazos de chocolate caliente.

En aquella buhardilla que muchos calificaron como ‘La bombonera’, cada estación tenía su encanto y Manu no hacía diferencias entre exprimir el verano en un rayo de luz que acariciar al frío haciendo vaho en el cristal durante los días de lluvia en invierno. Lo curioso es que todo sucedía junto a su balcón que, orientado al Sur, descansaba en un patio interior de ropa tendida, excrementos de paloma, antenas de televisión, además de pinzas y alguna prenda extraviada en su piso. Un balcón al que con frecuencia se asomaba a respirar. Como esta tarde.

Manu contemplaba la puesta de sol. Presa de la nostalgia puso todos sus recursos en acción para recuperar el presente. Fue una etapa -era consciente-, como también lo fuera la de vueltas que dio a la manzana en busca de aparcamiento porque para cuando ella regresaba a su nido, la mayoría de los vecinos llevaban ya horas en sus hogares. Resultaba frustrante. De hecho, nunca entendió cómo es que sus amigos, con tanto despiste, se olvidaran cualquier prenda de ropa, un paraguas o una carpeta de apuntes.

Manu se repetía “por no aparcar…” y ahora sí lo comprendía. Al cambio eran los 44 minutos de Inés y la habilidad de Manu para postergar sus malos ratos y guardarlos en un cajón.

Comenzaba a sentirse cómplice de la soledad de su nueva vida. La reconfortaba. Y sí, también la asustaba porque ¿quién no desea que le rieguen el corazón de primavera en pleno invierno? O como acaba de confesarse con Inés, “sabes que no soy zurda y que tengo la costumbre de llevar el reloj en mi muñeca derecha, y yo también necesito que me ayuden a darle cuerda de vez en cuando”.

Manu pasó por diferentes terapias, conocía toda la teoría y aquello de quererse a uno mismo sabía que era la anhelada pieza del rompecabezas pero estaba un poco cansada de tanta letanía. Estaba cansada de tantos libros de auto-ayuda y consejos que, a veces, eran tan impracticables como ponerse a dieta.

Si alguien le preguntaba a Manu “¿cómo estás?”, había desarrollado la capacidad de contestar “tranquila” y no es que mintiera y puestos a cantar verdades. Realmente así se sentía esta tarde con una taza de té aún caliente junto a su pecho pero, pero, pero… Aún quedaban restos del eco de un ruido interior.

Superar un descompás de amor, interrumpir su conservador proyecto de vida, reciclar las ilusiones, desapegarse de la responsabilidad del daño colateral…, todo desgastaba lo suficiente como para a veces flaquear.

“Pero esto era otra etapa, otra más”, pensó, como la de su vida en la ciudad junto al balcón. A la vida Manu le habla con franqueza, y le pide que la despierte cada mañana, que la rodee de cariño y amistad con la que compartir su magia, que la pellizque para recuperar las señales, que la saque a respirar puestas de sol y que no se quede de paso, sino a su lado porque un día la realidad que le rodea dejará de doler y volverá a hacer locuras por amor aunque no le correspondan… Por eso va a encontrarse con Luis. Viajará en coche con Inés incluso hasta la puerta del cole de sus pequeños cantando con las ventanillas bien abajo.

A la vida Manu le cuenta que ya no le tiene miedo al tiempo que vuela. Le ha cogido el pulso así, tranquila.

Mela Revuelta

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Mela Revuelta
Nací en otoño el año que el hombre pisó por primera vez la luna, en un continente donde la lluvia huele a tierra, donde crecen los baobas del Principito y donde el sol lo tiñe todo de naranja al atardecer. Mi fotografía es personal, recreo historias, busco capturar instantes que desabrochan algo dentro de mi y conectar con la esencia de lo que se encuentra al otro lado de la lente. Adoro el pulso de la vida, reunir, crear, proyectar, compartir... todo cuanto da sentido a nuestro espacio "la nave Q late...". Me llamo Mela.