Cambia

Lo mismo que eliges otros pantalones, puedes elegir otra actitud. Aprender a mirarte de verdad. Es sólo cuestión de aprender

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Me despierto. Pongo mis pies descalzos sobre el suelo. Luego me miro en el espejo. Me ducho, me peino, y me visto. Pequeñas rutinas que ejecutamos de forma mecánica. Y antes de salir de casa, lo vuelvo a hacer. Me miro de nuevo. Y me aseguro de que eso que se refleja es, por lo menos, correcto. Todo exterior. Luego ya, con cierto esfuerzo, dejo paso a “lo de dentro”. Eso que se nos olvida con frecuencia. Eso que vamos empujando poco a poco al fondo del cajón. Lo dejamos ahí escondido. Aún siendo mucho más importante. Porque asumir “lo de dentro”, es más complejo. Eso no se soluciona con un color rojo intenso en los labios, o con un buen ojo pintado. No. “Lo de dentro” implica mirarse de verdad. Revolver lo verdaderamente importante. La maquinaria que, en realidad, lo mueve todo.

Me miro. Miro mi reflejo y pienso que me puedo peinar mejor, que puedo estar más guapa, que igual no acerté con la ropa que me puse hoy. Pensamientos asumibles. Relativamente inocuos. Fáciles. Solucionables. Y luego ya me lanzo. Me vuelvo valiente. Rebusco en mi oscuridad. En lo incómodo. Y me miro. Me miro de verdad. Y mientras mi rostro se va desdibujando, mientras me concentro más allá de mi mirada, encuentro lo que quiero. Lo que realmente cuenta. “¿Les he dicho a mis hijos hoy que les quiero? ¿No me habré pasado con los cuatro gritos que les he pegado? ¿He llamado a mi madre para ver qué tal está? No tenía que haber dicho eso que dije ayer. No actué correctamente”. Pensamientos incontrolados que intento controlar. Palabras que me dominan y que quiero dominar. Para aprender. Para evolucionar. Para cambiar.

Hace ya tiempo que aprendí a mirarme de estas dos maneras. Porque un día observé que nos solemos preocupar sólo de nuestro exterior. Lo valoramos y lo cambiamos con facilidad. Algo que casi nunca hacemos con nuestro interior. Al que silenciamos, acariciamos, justificamos, solapamos. Le tratamos como un hijo consentido. Evitando la confrontación. Vertiendo críticas sobre los demás que muchas veces son sólo un reflejo de nuestras propias miserias. Así que desde ese día cambié. Así que desde entonces, en la más completa de las soledades, después de ese primer reflejo en el espejo. Me paro. Y recuerdo que sólo yo manejo el juego. Soy el único valiente y el único cobarde de mi propia historia. Y que no me cuenten cuentos. Que no me digan que “la gente no cambia”. Claro que sí. Es sólo cuestión de querer cambiar. Lo mismo que eliges otros pantalones, puedes elegir otra actitud. Aprender a mirarte de verdad. Y cambiar. Es sólo cuestión de aprender. Es sólo cuestión de querer. Es sólo cuestión de escuchar. Un leve susurro que me dice: “Cambia. Estás a tiempo. Más allá de lo evidente, más allá del envoltorio. Cambia”.

Foto & Texto: Belén de Benito (17)

(Modelo: Kazuyo Shionoiri & La Teatrería de Ábrego)