Sin anestesia

Desde mi ventana, puedo escuchar la vida a susurros. Y en un tono casi inaudible

0

Desde mi ventana, puedo observar la vida a vista de pájaro. Me gusta tumbarme en la cama, a oscuras, y contemplar la noche. Dejar que las luces desenfocadas acunen mi sueño. A veces él me acompaña. Viene sigilosamente, y en silencio, se tumba junto a mí y me abraza. Sin duda, el mejor momento del día. El único en el que mi mente se queda totalmente en blanco. Sin más pensamientos que ese abrazo totalmente sincero que me resetea.

Desde mi ventana, puedo escuchar la vida a susurros. Y en un tono casi inaudible, mientras me abraza, lo suelta: “Mamá, la noche me pone triste”. “¿Por qué hijo?”. “Porque cuando llega la noche pienso que, un día, en el futuro, cuando sea mayor, ya no tendré madre, ni padre, ni familia, y me pongo triste”. Así, sin anestesia. Y entonces, entonces sí que me quedo en blanco. Más bien, me quedo pálida.

Desde mi ventana, puedo aprender la vida. Sin salir de casa. Sin moverme. Sin charlas de TEDx. Sin libros de autoayuda. Sin talleres de fin de semana reveladores de mi propio destino. Gratis. Rapidito. Indoloro. A bofetada limpia. Porque sí, no lo olvides, los niños siempre dicen la verdad. Y es bueno escucharles, aunque agoten, aunque agiten. Frases sencillas que te despiertan, que te recuerdan en qué consistía aquello que un día olvidaste.

Foto & Texto: Belén de Benito (17)