“Tengo la manía de pintarme las uñas de los pies de rojo cuando salgo al escenario”

Esta semana vamos a conocer la historia de Cristina Presmanes, una pianista y repertorista vocal santanderina que ha dado conciertos por todo el mundo de la mano del bajo italiano Roberto Scandiuzzi

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Cristina Presmanes posa para el fotógrafo Michal Novak

 

“La gente joven tiene que tener paciencia y dejarse aconsejar por los profesionales,
hay mucha soberbia y no escuchamos”


Cristina Presmanes, actualmente profesora de la Escuela Superior de Canto de Madrid, desde donde trata de ayudar a sus alumnos para que tengan su primera oportunidad en el difícil mundo de la música, es una mujer valiente y luchadora que ha logrado el sueño de hacer de la música su vida. Es “el arte y el escenario”, asegura esta pianista y repertorista vocal santanderina afincada en Madrid, donde actualmente es profesora de Repertorio Vocal de la Escuela Superior de Canto de Madrid. Situada en la calle San Bernardo 44, la escuela tiene su sede en el Palacio de Bauer, un impresionante edificio del siglo XVIII declarado Monumento Nacional en 1972 que fue residencia de los marqueses de Guadalcázar.

Cristina saltó del Palacio de Festivales de Cantabria al Teatro Real de Madrid para proseguir su exitosa carrera musical por distintos teatros del mundo de la mano del bajo italiano, Roberto Scandiuzzi, a quien conoció casualmente gracias a un amigo. Consciente de su fortuna en este sentido, no le duelen prendas a la hora de recordar y agradecer -emotivamente- a las personas que le brindaron sus primeras oportunidades, las mismas que ahora ella se afana por facilitar a sus alumnos.

Critina Presmanes y Roberto Scandiuzzi en Radio Clásica.

 

Y es que de bien nacido es ser agradecido. Cris, como la conocen en su entorno, lo tiene claro. Lo de hacer lo propio después es ya de nota, cada uno a su manera. Por ejemplo, ella no tiene las manos aseguradas -y son de las que vive-, pues siempre le quedará la pasión por lo que hace, tan convencida y satisfecha de ayudar a sus alumnos, porque es lo que toca.

No ha sido su amplio repertorio, sino su generosa alma de artista la que le ha hecho continuar esta senda del padrinazgo, por la que solo los verdaderos maestros saben caminar. ¡Enhorabuena, Cristina! Éstas son las historias que nos gusta contar en ‘Cantabria DModa’, el Canal de Tendencias de El Diario Montañés, las auténticas, las de personas comprometidas, que sienten lo que hacen y viven lo que expresan, porque, como sostiene Rosa Alonso, “lo que no se da no vuelve”, así que lo que no se comparte no se entiende.

Todavía recuerdo las palabras de la artesana, Margot Pelayo, creadora de la firma ‘Santa Margarita’, cuando me habló de Cris Presmanes, porque en Cantabria DModa también nos hacemos eco de los triunfos de nuestros artistas, como baluartes de marca y tendencia, y embajadores de la tierra. En su plenitud, Cristina nos ha contado que “se ha conseguido reconciliar con Santander”, una ciudad por la que apuesta y cree, más allá de los convencionalismos, cautivada melancólicamente por la potencialidad de los santanderinos y cántabros. Nosotros también lo creemos y lo vemos.

Cristina Presmanes y el contratenor Armando Casquero durante la sesión de fotos para la revista ‘Zero’, con motivo del recital ‘Canciones Prohibidas’ durante la Semana del Orgullo Gay de Madrid.


“Para enseñar hay que tener mucha paciencia y mucha psicología”


 

– ¿Dónde naciste?
– Yo nací en Santander y mi infancia la viví en Valladolid. Me llaman Cristina Presmanes que, en realidad, es el nombre de mi madre, yo soy Cristina Alonso Presmanes, pero artísticamente siempre me han llamado así.

– ¿De dónde te viene el interés por la música?
– En cuanto a mi inquietud, la verdad es que nadie de la familia se había dedicado a la música, aunque tenía una tía abuela, Alicia Alonso, que fue profesora del conservatorio aquí en Santander, pero con la que no tenía una relación muy estrecha como para haberme hecho decantarme especialmente por la música.

– ¿Cuándo comenzaste a practicarla?
– Siempre me gustó y me llamó la atención. Desde pequeña, en el colegio, comencé a dar clases extraescolares de guitarra, porque también había ballet y gimnasia rítmica -ya sabes, las cosas para las niñas- y yo lo que quería era la guitarra. Y no se me daba mal, lo que pasa es que a mí me sonaba a poco, así que se lo dije a mi madre y entonces decidieron que fuera al conservatorio -para tener una formación oficial- en Valladolid.

– Y es entonces cuando comienzas tu formación musical
– Sí, empecé a estudiar solfeo y dije que también quería tocar el piano, porque me llamaba mucho la atención. Lo que siempre hacía es que, durante los dos meses que pasaba en Santander y cuando existía lo que se llamaba la enseñanza libre, yo me preparaba el año de solfeo en esos dos meses y me examinaba en septiembre.

Y lo sacaba, así que fue todo muy rápido con todo el proceso de solfeo, que era primero solfeo y después el instrumento, y no como ahora, que va a la par para que no sea tan aburrido. Se me daba bien y tengo que confesar que el que hecho de que se me diera bien, me hizo vaguear mucho, pues yo tengo una gran facilidad de lectura a primera vista, así que no profundizaba.

Imagen del ensayo en Teatro Verdi de Salerno previo a uno de los conciertos de Cristina Presmanes y Roberto Scandiuzzi.

 

– ¿Dónde estudiaste?
– Cuando volvimos a Santander, yo me matriculé en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Cantabria, pero no continué, pues ya estaba con el superior de piano, viajando a Bilbao continuamente. Aquí hice los estudios medios y en Bilbao los superiores.

– Poco después, es cuando te llega la primera oportunidad profesional.
– Sí, nada más terminar en Bilbao, me llamaron del Palacio de Festivales de Cantabria. Esto lo recuerdo con mucho cariño, pues fue Javier Castellanos, que me gustaría agradecerle la oportunidad que me dio, porque se la debo a él, es la realidad. Me dijo que la pianista que tenían en el coro lo había dejado y, como Javier sabía que leía bien, me brindó la oportunidad. Yo tenía, por aquel entonces, 19 años. Javier me dio la oportunidad, como te decía, y empecé en el coro del Palacio de Festivales. Y una persona a la que también recuerdo siempre con mucho cariño fue Luis Pla, técnico de sonido del Palacio, quien desde que entré allí me apoyó en mi trabajo y me animó a dar ese paso tan importante.

– ¿Qué supuso para ti esta primera oportunidad?
– ¡Imagínate! En España, no hay educación de repertorista, como tal. Entonces, si tienes la suerte de caer de cabeza en un teatro e ir aprendiéndolo, a base de batacazos, pues te vas puliendo. Y luego ya vas conociendo a gente, que te hace de puente con profesionales internacionales para poder estudiarlo y perfeccionarlo, como fue mi caso. Yo hice esto en Italia con Enza Ferrari, que para mí es la mejor repertorista. Ella vive en Venecia y ha sido maestra de la Scala de Milán.

– ¿Cómo fueron los inicios?
– Al principio, fue duro, pues yo la profesión de repertorista no la conocía y tampoco me había dirigido nadie, así que lo pasé mal. Fueron tres temporadas de tres operas y tres zarzuelas cada una, con los mejores directores y solistas, y con gente muy profesional.

La pianista repertorista santanderina y el barítono Airam De Acosta saludan al público tras un recital en el Teatro Marcello de Roma

 

– Rápidamente, vuelve a surgirte otra nueva oportunidad…
– Así es. En esta época, fue cuando me crucé con José Carlos Plaza, que ha sido otro pilar en mi vida para estar donde estoy. Recuerdo que, además, fue el día de mi cumpleaños -22 de noviembre, Santa Cecilia, patrona de la música-, había ensayo y paró la escena para sacar una tarta y me dijo “éste va a ser el primer cumpleaños en un teatro y seguramente no va a ser el último”. ¡Y esto ha sido realísimo! -risas-.

Él me puso en contacto con la maestra repetidora del Palacio Real, donde me hicieron una prueba y me cogieron de meritoria, y es cuando me tengo que ir a vivir a Madrid. Esto fue recién terminada la formación superior en Bilbao y con la experiencia del Palacio de Festivales, con producciones grandes, y ya sabía cómo funcionado un poco todo esto.

– ¿Qué recuerdos tienes de tu primer contacto con el Palacio Real?
– Fue un poco heavy -risas-. Recuerdo, por ejemplo, que el primer día que entré en el Palacio Real, lo primero que me enseñó fue el escenario por detrás, y yo me dije fue “¡guau… esto me queda muy grande!” La sensación, cuando abrió las puertas del escenario, fue “todo lo que me queda por aprender”, porque, lamentablemente, esta es una profesión en la que no se deja de aprender nunca y hay que estar en un continuo estudio. Y yo, ahora que me dedico a la docencia, aprendo también mucho con los alumnos, es muy curioso.

– ¿A qué te refieres con esto?
– El hecho de estar con alumnos que estudian solo el ciclo superior, te hace reciclarte continuamente, porque cambian las programaciones de los teatros, tengo que enseñarles nuevos repertorios, etc., y esto te hace estar siempre en contacto con cosas nuevas para enseñarles las tendencias.


Cristina Presmanes y Josemi Carmona durante la sesión de arreglos del disco de este último ‘Las pequeñas cosas’.

 

– Y, además de enseñarles todas esas nuevas tendencias, también están los retos de la docencia…
– Evidentemente. Para enseñar hay que tener mucha paciencia y mucha psicología, porque lo difícil en esta profesión y para el cantante es que todos quieren ser grandes solistas, y la verdad es que, lamentablemente, no hay sitio para todos. Así que la psicología está en trasladarles que también existen otros campos, como los coros profesionales, que hacen cosas maravillosas.
Tienen que aprender todo tipo de repertorio y eso no todos lo aceptan igual, y la relación alumno-profesor es muy difícil, porque la música es arte y son sensaciones y emociones, e implicas tu vida y tu sentimiento personal en cada momento.

Ahora mismo, hay mucha gente mayor que se está sacando la titulación superior -antes no era así-, porque actualmente en todos los coros nacionales te la exigen, así que también se producen algunos encontronazos, porque no aceptan como profesor a una persona de menor edad.

– ¿Cuándo comenzaste a dedicarte a la docencia?
– Tras empezar como meritoria en el Teatro Real y trabajar después en el Teatro de la Zarzuela, años más tarde hice un concurso de méritos para la Escuela Superior de Canto de Madrid. En 2004, saqué la Cátedra del Departamento de Repertorio Vocal y actualmente cubro también la Cátedra del Departamento de Idiomas, en la que me dedico a acompañar los cuatro idiomas básicos que se estudian en la carrera (inglés, alemán, italiano y francés), así como los alumnos que tengo exclusivamente de repertorio vocal, a quienes imparto todo el repertorio, tanto de ópera como de zarzuela y canción, que tienen que preparar durante el curso.

Cristina Presmanes con los cantantes Rosa Gomáriz y Alejandro Von Büren, dos de sus alumnos en la Escuela
Superior de Canto de Madrid.

 

– ¿Siempre quisiste dedicarte a ello?
– Al principio, yo era un poco reticente a la docencia, pero, con el tiempo, he descubierto algo que me apasiona de la docencia, que es dar el primer empujón a todos los alumnos, porque yo he tenido la suerte de trabajar en el teatro, así que conozco a mucha gente y tengo muchos contactos, que siempre trato de aprovechar para que mis alumnos tengan su primera oportunidad en un campo tan difícil. Así que me adoran, como se puede ver en las fotos de las redes sociales -risas-.

– ¿Qué crees que representan para los alumnos estas oportunidades que tú tratas de brindarles?
– Es que, si nadie te da esta primera oportunidad o no tienes un agente, ¿cómo puedes audicionar a un teatro? es súper complicado, así que yo trato de ayudarles, les mando a concursos y a masterclass, motivándoles, en definitiva. Por ejemplo, ahora mismo he animado a una alumna de Madrid -Ana Rosa, que tiene 21 años y es una de las alumnas que más talento tiene de la Escuela- para que fuera a las masterclass que hace la maestra de la Escuela de la Scala de Milán. Era un grupo de 10 cantantes, ella era la más joven, y le han dado la beca como joven promesa, así que está muy contenta y motivada, pues incluso me llamaron para decirme que era una alumna muy buena.

– Tú ya nos has dicho que te consideras una privilegiada en este sentido…
– Sí, la verdad, porque me he cruzado con gente maravillosa. He tenido personas increíbles en el camino y ahora he llegado a hacer lo que hicieron conmigo, y eso es precioso, ¿no te parece…? Y es que a mí, además, me gusta, pues hay gente muy celosa con sus contactos de la profesión, y yo no.

– Nos has hablado de Javier Castellanos, de Luis Pla y de José Carlos Plaza… ¿Qué otras personas han sido importantes en esas ‘primeras oportunidades’ que tú intentas facilitar a tus alumnos ahora?
– Sí, Javier, Luis y José Carlos han sido fundamentales en los inicios de mi carrera. Posteriormente, la persona que me ha dado el empujón a un primer nivel, y por eso he dado los conciertos que he dado y he trabajado en los teatros que he estado, ha sido Roberto Scandiuzzi, el bajo italiano, natural de Treviso (Venecia), que me conoció a través de un amigo tomando un café, de la manera más casual.

Él le dijo a mi amigo que necesitaba una pianista para unas masterclass que tenía esa tarde y le respondió que ahí estaba yo. A partir de entonces, he recorrido el mundo con Roberto Scandiuzzi, que es un grandísimo maestro y también ayuda mucho a la gente joven.

En la imagen, Cristina Presmanes junto a sus alumnos durante la representación de la zarzuela ‘Déjame soñar’, en el Teatro de la Escuela Superior de Canto de Madrid.

 

– Cuéntanos cómo es el mundo de la música.
– Muy duro y también fascinante, porque lo más bonito de la música es que te hace desconectar de la realidad y eso, en el momento en el que vivimos, es más que necesario. Desconectas absolutamente de todo. Y es que a mí, el mundo en el que vivimos me da miedo -suspira-.

– ¿Por qué dices que es tan duro el mundo de la música?
– Porque, en el fondo, todos somos un poco vanidosos y queremos más. Es ese pequeño momento de vanidad, como el agradecimiento de un alumno o el aplauso del público después de un concierto. Como te decía, yo ahora mismo he vuelto a intentar crear, a través de la gestión artística, formas de impulsar a la gente joven en el camino del arte, así que, últimamente, esto me genera más gratitud que lo primero.

– Sé que tienes alumnos de Santander en la Escuela Superior de Canto de Madrid, ¿tú qué es lo que le dirías a una persona que se quiera dedicar a la música?
– Sí, tengo muchos alumnos de Santander, han pasado muchos y muy buenos, de bastante calidad, algunos incluso ya son grandes profesionales, como es el caso de Marina Pardo. Les diría que tengan paciencia, porque quieren ir muy rápido y este es un problema del teatro, pues cada vez quieren gente más joven.

De repente, les ponen un límite de edad para un concurso de 26 años, cuando una voz lírica todavía no está madura. Hay mucha prisa, en general, por conseguir las cosas. La paciencia y que se dejen, de verdad, aconsejar por la gente profesional, porque hay mucha soberbia y no escuchamos, y yo soy la primera que he recibido palos por esto.

Cristina Presmanes con el director de orquesta Cristóbal Soler

 

– Dices que tú también eras así…
Sí. Al principio, yo también era así y pensaba que era la mejor, hasta que entré en aquel teatro (el Teatro Real) y me apabulló. Luego también he estudiado mucho y he tenido mucha paciencia y constancia. Y me he ido -con mis ahorros- a estudiar todo un verano una sola ópera con Enza Ferrari. Recuerdo que me sentaba en el piano y, cuando llegaba a la última página, me ponía a llorar y le decía: “¡no puedo más…!” Y ella siempre me animaba.

-¿Qué es lo más importante para ti?
-Ser feliz.

– ¿Y qué significa para ti ser feliz?
-En este momento de mi vida, para mí ser feliz significa tranquilidad, sosiego, relax. Por ejemplo, yo voy en el metro por las mañanas, que es una locura en Madrid, y me pongo mis cascos y soy feliz.

– ¿Qué objetivos tienes a corto plazo?
– Me gustaría montar una agencia de representación artística de jóvenes promesas, no de grandes nombres -enfatiza-, para darles ese primer empujón tan necesario, pues, el día que esa joven promesa se hiciera grande, no sería tan egoísta y se la pasaría a una gran agencia. Y me gustaría también divulgar la gestión artística en Santander.

– ¿Qué proyectos tienes en Santander?
– Ahora mismo, me he cruzado con una persona, en este Encuentro de Embajadores Voluntarios de Santander, que no tiene nada que ver con el arte y la música y con el que comparto el objetivo de divulgar el arte en Santander de manera continuada. Se trata de Jaime González, presidente del Puerto de Santander, y él en su faceta y yo en la mía hemos entrado un camino común para divulgar el arte en la ciudad no solo esporádicamente en verano o en Navidad.

La pianista repertorista Cristina Presmanes y la mezzosoprano Lorena Valero formaron el dúo que actuó en la inauguración de la Grúa de Piedra de Santander.

 

Y así hice la inauguración de la Grúa de Piedra. Jaime González fue quien me dio la dio la oportunidad de estrenar mi dúo lírico con la grandísima mezzosoprano valenciana, Lorena Valero. Fue el pasado 9 de junio y para mí esto fue precioso, pues la Grúa de Piedra era el lugar en el que mis padres quedaban de novios.

– ¿Cómo percibes actualmente Santander?
– Pues, por ejemplo, yo veo que tiene toda la logística como para poder crear una academia de canto a nivel profesional, pues tienes teatro o una orquesta, que nadie sabe y sin casi repercusión. Hay muchísimos cantantes que se tienen que ir a Madrid a estudiar canto. Y el Centro Botín tiene un auditórium que es una maravilla, pero que está cerrado y no se ve en las visitas, y a mí me ha dado una tristeza enorme, pues me pregunto por qué no hacen pases de teatro o recitales musicales de jóvenes cantantes. Tener muerto un teatro es… -suspira-.

– ¿Y qué más crees que se podría hacer en Santander desde el punto de vista de la música?
-Volver a la ópera, pues hemos tenido una temporada lírica de primerísimo nivel y no tenerla es una aberración. Yo, por ejemplo, he propuesto traer, en colaboración con la Escuela Superior de Canto de Madrid, todas las producciones que hacemos allí, porque hay convenios muy fáciles de gestionar, y a los chicos se les pueden dar créditos por actuar y hacer una producción.

– ¿Cómo es tu relación con el mundo de la moda y la imagen?
– Yo hay una cosa que le digo siempre a mis alumnos y es que, cuando nosotros realizamos un concierto, estamos haciendo un regalo al público, así que es primordial peinarse y vestirse acorde a la situación, pues un regalo bien envuelto siempre es mucho más bonito. A mí, me encanta este protocolo de prepararme antes de presentarme en el escenario. Todo ello son códigos, aunque no tengo supersticiones hacia los colores.

Cristina Presmanes en el Teatro La Fenice de Venecia

 

Cuando hicimos la inauguración de la Grúa de Piedra, que nos vistió Luis Alonso y nos regaló el vestuario, fuimos de morado y negro. En otras ocasiones, me ha vestido Pepe Corzo, que ha hecho mucho vestuario de teatro y todo lo que hace es espectacular. Tengo la manía de tocar sin mangas, porque me molesta y me gusta verme las manos completamente -sin sortijas ni nada-, pues si no me despisto.

Me gusta más comprar en tiendas que online, pues prefiero verlo y probármelo. Soy adicta a los zapatos, tengo muchísimos, me encanta Manolo Blahnik, Jimmy Choo, Christian Louboutin… Y, ahora que Sarah Jessica Parker va a llegar a Amazon, yo creo que será lo primero que compraré online, aunque, si pudiera ir a la tienda, sería mejor (risas).

– ¿Cómo es tu estilo de vida en el día a día?
– Una cosa que hago en invierno y que me gusta mucho es nadar, pues, al igual que con la música, yo me meto en la piscina y desconecto del mundo, y no sé porqué. Y me viene también muy bien para la espalda por mi profesión. Me gustaba mucho hacer ‘snow’ y, cuando tuve un accidente y me rompí un pie, dejé de hacerlo, pues pensé que podía haber sido una mano y entonces las consecuencias hubieran sido otras.

Me encanta cuidarme el pelo y tengo mi peluquería maravillosa en Madrid. Y, fíjate, las manos es lo que menos me cuido. Tengo también una manía o una especie de superstición, por así decirlo, que es pintarme de rojo las uñas de los pies cuando salgo al escenario. Recuerdo que esto se lo vi a Martha Argerich, que como solista para mí ha sido un referente. Cuando la conocí en el camerino, donde a mí me gustaba siempre colarme, llevaba las uñas de los pies pintadas de rojo y me sorprendió bastante, y me dijo que a ella le encantaba tocar así, y yo me lo quedé (risas). Nunca será Martha Argerich, pero, por lo menos, tengo algo de ella (risas).

Cristina Presmanes con el tenor José Bros en Radio Nacional

 

– ¿Eres de redes sociales?
– Sí, me encantan y todo esto me parece increíble. Poder estar en comunicación con el mundo es fantástico. Así, entre varios profesores, actualizamos continuamente todas las redes de la escuela. Estoy en Instagram como, en Twitter como y también en Facebook, que es lo que más utilizo.

-¿Cómo es Cristina personalmente?
– Cabezota y, con algunas cosas, caprichosa, y muy soñadora, lo he sido siempre. Y sigo soñando y voy a seguir soñando, y eso es lo que quiero transmitir a mis hijos principalmente. Tengo dos hijos: Néstor, de 5 años, y Gala, de 3 años. También soy generosa y un poco vanidosa también. Soy muy extrovertida, la verdad, y la música me ayuda a comunicarme mucho más.

Mi familia, tanto mis padres como mi marido, me han apoyado siempre y me ayudan cuando viajo, y me ponen todas las facilidades. Por ejemplo, el niño, cuando estoy fuera, siempre dice “mamá está en el teatro”. Yo creo que hay que naturalizar las cosas en este sentido, pues, en ocasiones, el tema de la maternidad resulta un poco enfermizo.


“Me gustaría demostrar mi generosidad impulsando a jóvenes artistas, porque les veo sufrir y me da pena, pues yo he tenido mucha suerte y, si no lo hiciera, sería un pecado por mi parte”.


 

Fotografías: Charo Ibáñez y Cristina Presmanes.

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